Rompan lo que habían escrito en el primer tiempo y escriban de nuevo en el cuaderno: el fútbol en una escuela de humildad y cada disparo al larguero lleva detrás moraleja. El proyecto de un Sevilla grande estuvo ayer a punto de disolverse bajo la lluvia otoñal si la providencia, caprichosa como cualquier árbitro, no hubiera dictaminado en el último suspiro a favor de los sevillistas. Rompan lo que habían escrito en el primer tiempo y escriban de nuevo en el cuaderno: el fútbol en una escuela de humildad y cada disparo al larguero lleva detrás moraleja. El proyecto de un Sevilla grande estuvo ayer a punto de disolverse bajo la lluvia otoñal si la providencia, caprichosa como cualquier árbitro, no hubiera dictaminado en el último suspiro a favor de los sevillistas.
Los sevillistas, bajo la larga y dulce amnesia de Eindhoven, recordaron ayer en una sola jugada la delgada línea blanca que separa la excelencia de la medianía. Un empate con los recién ascendidos catalanes después de tener el partido controlado hubiese supuesto un duro mazazo moral para un equipo que quiere y debe mirarse en la zona VIP de la tabla. El mensaje del Nàstic venía con acuse de recibo de Chequia, donde los sevillistas también incurrieron en ese pecado de indolencia en el que se pierden los equipos que de tanto mirar al horizonte terminan por pisarse los cordones.
El partido con el Nàstic, como la caja de Pandora, evidenció ayer todo lo bueno y todo lo malo que le puede pasar al Sevilla esta temporada. Cal y arena. La suficiencia de un Jesús Navas inmenso, carne de combinado nacional a poco que la madurez le espante los demonios, y la solvencia de un Kanouté al frente de los anotadores ligueros. O los apuros finales y patéticos con un equipo anónimo que ha de luchar por la permanencia. Hablar de complicaciones cuando un equipo es tercero de la liga no parecería un ejercicio de banalidad si el sonido seco de ese palo del minuto noventa no se hubiese incrustado en el ánimo de los sevillistas como un aviso a navegantes.
A falta de televisión, el problema del Sevilla se explica por la semántica. Esto es, la diferencia entre ser grande y estar entre los grandes. Este equipo nos convence de que el Sevilla es un club a un cuarto de hora del modelo valenciano, la sólida alternativa al binomio catalán-madrileño, y a ratos nos recuerda que todavía quedan en el proyecto jugadores para largar en el mercado de invierno y que hasta un Nàstic cualquiera puede colarse por la holgura de la camiseta. Una de las lecturas es que al Sevilla contemplativo de la segunda mitad se lo puede merendar cualquier aspirante con un poquito de desparpajo.
Ser o estar, he ahí el dilema. Esencia o transitoriedad. En este dilema, que los propios jugadores dirimirán a lo largo del campeonato, el apagón televisivo, por más cargado de razón que esté el club, tampoco puede decirse que vaya a contribuir a la tranquilidad del equipo. Pero estamos en El laberinto Del Nido, y el presidente, cuando la entidad atraviesa su mejor momento, ha decidido abrir un frente contra el monopolio televisivo, caiga quien caiga y a un precio todavía por determinar.
Si el Sevilla quiere conjugar el verbo ser en lugar de estar, el presidente debería aceptar con pragmatismo ese gol de penalti injusto que le ha metido Audiovisual Sport en el último minuto del verano, y el equipo regresar a ese fútbol reciente que convertía cada partido en una última noche de amor.
Publicado en El Mundo de Andalucía, lunes 23 de octubre de 2006
