
Entre las muchas barbaridades multiculturales que se han oído en los últimos años, conservo una reciente de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, cuando pidió que no se «criminalice» la cultura mauritana por los matrimonios de niñas. Y lo justificaba: «Allí el enlace con menores es frecuente, como en España hace años; de hecho, en la Bahía de Cádiz se han oficiado bodas con niñas de 13 ó 14 años porque, aunque aquí nos resulte chocante, el ritual es diferente». Es de suponer que, siguiendo la misma lógica de «no criminalizar» y respetar otras culturas, habría que aceptar también que esas menores formen parte de algún trato familiar cuando contraen matrimonio. Y degenerando, ese falso concepto de respeto cultural, de aceptación de otras culturas, nos tendría que llevar a asumir dentro de un Estado de Derecho otras costumbres arraigadas, como la obligación de que las mujeres caminen por las aceras varios metros por detrás del hombre, y cubiertas con burka. O la propia ablación de clítoris, que también tendrá su ritual de sangre.
Dicho todo esto, una vez que se coloca en el frontispicio el engaño de la multiculturalidad, conviene que la integración de los inmigrantes no se vea obligada a bascular entre dos excesos, el de quienes piden vía libre para todas las costumbres y el de quienes se sienten amenazados por un simple pañuelo, que no es lo mismo que un burka ni puede considerarse igual. Quiere decirse que no puede ser un escándalo que una niña acuda al colegio con hiyab; por lo menos, no puede ser un escándalo mayor que una niña que asiste al colegio con un top imposible y el tanga a la vista, porque la cuestión fundamental no es la vestimenta sino que se impida o se perturbe el desarrollo normal y lógico de las clases y del aprendizaje de los niños.
Ésa es la cuestión y, por eso, sería tan importante que los gobiernos, tanto el andaluz como el español, abandonaran su habitual inopia multicultural para regular un problema que se va acercando como un círculo de fuego. El velo de una niña musulmana no es un problema si no conlleva otras servidumbres inaceptables en un Estado de Derecho. Otra cosa sería, por ejemplo, que el padre que obliga a su hija a acudir con velo a clase le prohibiera, además, acudir a clase de gimnasia. Meter todas las situaciones en el saco de la guerra de civilizaciones es tan peligroso como suavizar el debate con la excusa absurda y falaz de tratar a todas las religiones con el mismo rasero. Que a lo mejor, la salida más razonable, menos traumática, más civilizada, se encuentra, simplemente, en la instauración de un uniforme en las escuelas. Para unos y para otros.
En cualquier caso, respeto a las costumbres siempre que prevalezcan todas y cada una de las garantías de libertad e igualdad que se contienen en un Estado de Derecho. Que camuflados detrás de esos discursos amables y hueros, se esconden los peores augurios de una democracia.









