
Si se fijan, cada vez que le preguntan a cualquier dirigente del PSOE la contradicción evidente de haber votado la directiva europea de inmigración y, a la vez, estar proclamando en España que sus políticas de inmigración están a la vanguardia del mundo occidental, la respuesta siempre es la misma: “En efecto, la directiva europea no hemos sabido explicarla bien”. Lo dicen, pero luego tampoco ofrecen ninguna explicación. La jugada es perfecta, desde luego, porque no sólo se deja la sensación de que, humildemente, se asumen las críticas sino que, además, las vinculan a la forma, no al fondo de la directiva europea. Y si vamos más allá, lo que nos vienen a decir es que el problema no está en la directiva, en las contradicciones del PSOE, sino en quienes la critican porque carecen de capacidad para entenderla por sí solos, sin explicaciones.
La cuestión, en cualquier caso, es que las explicaciones faltan pero no porque no se hayan dado, sino porque no existe explicación alguna para el cinismo. La cuestión es que hacía falta una directiva europea de inmigración que sirviera de marco legal general a todos los países de la UE, pero lo aprobado es un exceso; que atenta contra los Derechos Humanos más elementales que se pueda detener a un inmigrante durante 18 meses y que a un menor inmigrante se le pueda meter en un avión y dejarlo solo en un país distinto al suyo, sin conocer nada ni nadie, ni el idioma ni ningún familiar. Con dos velas de mocos como único patrimonio. Hacía falta una regulación, no este exceso.
Cuando se asumen las contradicciones con tanto desahogo, lo que viene a continuación es la carambola: después de votar a favor esa directiva europea, después incluso de haber endurecido la legislación española de inmigración, ahora vuelven a vestirse de vanguardia del progreso con la propuesta del voto de los inmigrantes en las elecciones municipales. Y dicen: el voto facilitará su integración en España. No eso lo que se persigue, claro, sino inflar el colchón de votos en las grandes ciudades en las que, desde hace años, el PSOE no consigue ganar las elecciones. Como Madrid. O como todas las capitales andaluzas.
Para favorecer la integración de los inmigrantes, el camino es el contrario. Primero, facilitar el reagrupamiento familiar, que es lo que acaba de impedir el Gobierno español con su nueva normativa. Y luego, ciudadanía española, para que los inmigrantes que trabajan aquí, que quieren quedarse en España, sean y sientan España como uno más. Que dejen de ser inmigrantes. Que sean pueblo español, que es donde reside la soberanía como dice la Constitución. Eso, vamos a ver, es integración, fusión, alianza de civilizaciones. Lo otro, ya se ve, es una indignante falta de escrúpulos para la utilización de los inmigrantes en lo único que parece interesar: su voto. Pero ya vendrá el PP a solucionarlo. Como esa insensatez de Rajoy ayer: “No hay nadie que no duerma por que los inmigrantes voten o no en las municipales” Ya ven qué sensibilidad. Entre la torpeza y el cinismo andamos.