
En Andalucía, aquí en la tierra de lo mejor del mundo, el metro de Sevilla es una ley que firmó Franco hace cuarenta años y que se va a inaugurar en diciembre próximo; una sola línea, con dos años de retraso sobre la última promesa y con cuatro estaciones cerradas de ese exclusivo trayecto porque, ni a destiempo, se han acabado a tiempo. Pero se cortará la cinta el 20 de diciembre y los sevillanos acudirán solícitos al evento. Y si la Junta, como suele, deja que los primeros viajes sean de gorra, gratis total, mejor todavía.
La exploración de las causas de este conformismo andaluz ha sido siempre un asunto tan apasionante como peligroso; apasionante porque existen varias explicaciones, algunas de ellas hasta razonables, y peligroso porque, nada más mencionarlo, saltarán a la yugular quienes viven cómodamente de ese conformismo y han logrado transformarlo en hegemonía política. Dirán que es un insulto y un desprecio a Andalucía, pero en realidad lo único que les insulta es que se ponga en peligro su mamela. Así que vamos allá.
La cuestión esencial es qué provoca que un pueblo evolucione hacia una sociedad moderna y qué determina que se acomode en el estancamiento. He mencionado alguna vez la peculiar teoría del economista Rafael Illescas, un buen tipo de convicciones andalucistas. Viene a decir así: «Si el afán de todos los pueblos es trabajar más y producir más para tener un mejor nivel de vida, en el caso de los andaluces la dificultad estriba en que el buen nivel de vida se consigue sólo con salir a la puerta de la calle. Sin ese estímulo de otras sociedades, es normal que el afán de desarrollo sea menor». A su manera, también lo cantaba Silvio, cuando recordaba el mandato bíblico de ganarse el pan con el sudor de la frente. «Menos mal que, aquí en Sevilla, la vida tengo ganada/ porque con tanto calor, sudo aunque no haga nada»
La tesis de Illescas podría completarse aún con algunas consideraciones sobre las sociedades actuales, las sociedades de la globalización, en las que el personal muestra su insatisfacción en cada sondeo, de forma que casi nadie cree que el progreso económico traiga consigo la felicidad. Más bien al contrario, se suele decir que en otras épocas la gente era más feliz que ahora, ahogados como estamos en el estrés de cada día, el ansia, la incomunicación, el individualismo… Hubo viajeros románticos del XIX que al llegar aquí entendieron que, después de tres mil años de historia, Andalucía era una anciana de vueltas de todo, a la que nada sorprende porque lo ha visto todo, que nada ambiciona porque lo ha sido todo y lo ha perdido todo.
Historia, cordialidad, buen clima, ganas de vivir... ¿Justifica eso el conformismo andaluz? Ahí está nuestro error, que sólo quedaba que el conformismo fuese un rasgo distintivo de la sabiduría. Que no. Pobre sociedad la que se conforma. Aspiremos a sociedades ricas, dinámicas, críticas y ambiciosas. Ciudades cultas y orgullosas de su historia y gentes con un profundo sentido del goce de la vida.
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