
Dos meses se cumplen hoy, tres de octubre, de la muerte de Alexander Solzhenitsyn y no ha habido un dirigente de izquierda en el mundo al que se le haya oído una palabra, siquiera de pésame. Dos meses han pasado de la muerte de Solzhenitsyn y el silencio con el que han cubierto su cadáver está hecho de la misma sustancia con la que callaban los burócratas del Partido Comunista cuando detenían a la salida de la fábrica o en sus casas, de noche, mientras dormían a cientos de miles de ciudadanos rusos para mandarlos al país de las humillaciones y el desprecio, del hambre y tortura. Al exterminio, el país del gulag.
-- “ ‘Queda usted detenido’.Y no atinas a dar ninguna respuesta, nin-gu-na, como no sea el balido de un corderito. – ‘¿Yo-o? ¿Por qué…?”
A Solzhenitsyn lo detuvieron porque, en las cartas a un amigo, se le olvidó que las opiniones que no gustaban al estalinismo se pagaban con el destierro a perpetuidad. Lo detuvieron y, a partir de ese instante, fue a parar a la cloaca en la que cientos de miles de hombres dejaban de existir, ni figuraban ni interesaban a nadie, porque el silencio es la consecuencia más eficaz del terror. No existían ni en la Unión Soviética ni en ningún otro lugar del mundo. “En pleno esplendor del gran siglo XX, una sociedad concebida sobre principios socialistas se había convertido en la empresa, no de un único ser malvado, sino de decenas de miles de hombres-fiera especialmente adiestrados contra millones de víctimas indefensas”.
Se murió Solzhenitsyn y yo pensaba, ingenuo, que alguien alzaría su voz en la izquierda, en esta España sensible de memoria histórica; siquiera como flores sobre la tumba de la dignidad que le mantuvo vivo en el destierro. Pero la izquierda española prefiere el silencio, como entonces en todo el mundo, y la adulación de los aprendices de aquel régimen comunista. Callan sobre Solzhenitsyn porque adoran las reencarnaciones bananeras de la URSS, desde Cuba a Venezuela.
Callan tras la muerte de Solzhenitsyn porque también aquí las juventudes comunistas han cogido una deriva fascista que tiene atemorizados hasta los dirigentes más veteranos, que ven cómo se van haciendo con el control del partido y que ni los escrúpulos ni la democracia está en el lenguaje de esos cachorros de hombres-fiera. Como estos días en Sevilla, con pintadas en las sedes del PP, “Zoido al paredón” y cartas amenazantes a algunos periodistas: “Soy uno de esos stalinistas sevillanos del partido comunista. No le escribo por desahogarme, lo hago para informarle. Como nos hacéis la guerra mediática tendréis vuestra respuesta, vamos a daros la guerra que os habéis buscado. Ya es hora. Tu nombre y tu perfil se va a dar a conocer, al igual que otros muchos de tu calaña”.
Eso está ocurriendo. En Andalucía. Por eso, se muere Solzhenitsyn y callan. Dirán, como los nazis y los fundamentalistas árabes que niegan el exterminio judío, que el gulag nunca existió. Callan porque a Solzhenitsyn ya le hubieran mandado esa misma carta.








