
Un cadáver atraviesa el bar y, al llegar a la altura de la barra, se gira hacia el camarero y le sonríe. «¿Lo reconoces?», pregunta el camarero sin dejar de limpiar la barra con una bayeta gastada. «Ya veo que no. Cómo lo ibas a reconocer si hace ya veinte años que dejamos la universidad. Es tu amigo López, ¿te acuerdas ahora? López, sí, López, aquel guaperas que lo tenía todo, un padre abogado con un bufete muy rentable, una novia explosiva y cinco mil pesetas en el bolsillo cada vez que salía de fiesta».
A través de la puerta de cristales del bar se le puede ver en medio de la calle, balanceando el brazo entre los coches que pasan sin mirarle, a la espera de alguno que busque un aparcamiento. La delgadez extrema lo hace irreconocible, es verdad, pero no sólo es su aspecto cadavérico sino la deformación de su cara, carcomida y huesuda. Un coche llega a su altura y aparca. Al abrir la puerta, le suelta un euro. López sonríe con los pocos dientes que le quedan y abre la mano sucia para recoger la propina.
«Vino por aquí hace un par de años. Me ocurrió como a ti, que no lo reconocí, y en cuanto asomó por la puerta, le di dos gritos y lo eché del bar. Me esperó hasta el cierre, y lo encontré esperándome: ‘Tío, soy López, no te acuerdas?’. Se me cayó el mundo encima. La coca, joder, la puta farlopa. Cuando acabó Derecho, entró en el bufete del padre y se casó con su novia de siempre. Todo iba bien hasta que un día, de copas con los colegas, se empeñó en hacerse unas rayas. Al año estaba tan enganchado que no salía de casa sin pagarse unos tiros. Un fin de semana se encerró con doce gramos, dos botellas de whisky y un par de putas. Su mujer lo pilló. Era el final. Dejó el bufete, se divorció y, para colmo, murió su padre al poco tiempo. El resto, es fácil de adivinar. Viene por aquí y le cambio las monedas en el bar.»
Como si intuyera que hablamos de él, López ha mirado para adentro y ha sonreído de nuevo. Quizá también él me ha reconocido. ¿Cuántos hay como él? España cuadriplica la media europea en consumidores de cocaína y, desde el año pasado, ya supera a Estados Unidos. Y en Andalucía, el último estudio oficial confirma que el consumo de coca es cada vez más elevado y más joven. En los institutos, el diez por ciento consume cocaína de forma habitual. La media de edad de los consumidores ha bajado el año pasado a los 18 años.
«El problema es que caen como moscas, tío. La coca es una plaga, no lo puedes imaginar, porque nadie le ve el riesgo a esa droga y porque, además, comprarla es facilísimo. España es el país de la coca, joder. Yo lo veo a diario en el bar. Y siempre es igual; nadie piensa que está enganchado. Primero te metes unas rayas por diversión, luego porque piensas que te hace falta para estar a cien en el trabajo, luego para pasártelo mejor en el sexo, luego porque estás deprimido y, cuando se agotan las excusas, ya no justificas nada porque estás destrozado. No lo sabes, pero ya no te queda nada. No lo sabes, pero en realidad eres un cadáver que se ha quedado a vivir en las aceras».